Los zapatos de la fábrica parecen hacer sentir a mis pies que están resguardados de cualquier desastre que pueda sorprenderme. Es probable que, si un meteorito ingresase a nuestra atmósfera, y cayera sobre nosotros, toda el área que cubre su defensa soportaría cualquier catástrofe; y dejaría ileso el total del pie correspondiente, sin rasguño alguno ni consecuencias óseas.
Es como si un tanque, o cierta armadura impenetrable, los protegiera.
A su vez ellos, los pies, se percatan que van cambiando de formas, y se adaptan, poco a poco, a los espacios diseñados, estrictamente de mercados de manera inamovible y precisa para su movimiento. El aire tampoco se respira lo suficientemente fresco para poder sentirse cómodos, libres, protegidos.
Me puse, hace apenas unos días, las antiguas zapatillas de lona aireadas, frescas, livianas, flexibles.
Sentí que caminaba descalzo, y que mis pies corrían riesgo de herirse. Cuando llegué a casa volví a calzarme los zapatos de la fábrica, y me acomodé en el sillón del comedor a ver la final del campeonato.
Un otro yo
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